Magnar AI: software para abogados hecho en Chile, 300.000 dólares levantados y 25.000 usuarios

Hay un gremio que lleva décadas cobrando por hora y que, por lo tanto, tiene un incentivo rarísimo: cuanto más tarda en hacer algo, más factura. Cualquiera que haya intentado venderle software a un despacho de abogados conoce la escena. Enseñas una herramienta que promete ahorrar cuatro horas de revisión de contratos y al otro lado de la mesa hay un socio calculando en silencio cuánto valían esas cuatro horas en su tarifa.
Ese es el muro contra el que se estrelló durante años media industria del software legal. Y es contra el que se pusieron a empujar Andrés Arellano y Nicolás López a mediados de 2025, desde Santiago de Chile, con una empresa llamada Magnar AI.
Qué venden y a quién
Magnar hace herramientas de inteligencia artificial para el trabajo de un abogado: la parte tediosa y repetitiva del oficio, la que consume tardes enteras y no aporta ni una pizca de criterio jurídico. Leer documentos largos, buscar dentro de ellos, redactar lo que ya se ha redactado mil veces con otro nombre y otra fecha.
El cliente al que apuntan no es el bufete gigante con departamento de innovación y presupuesto para pilotos. Es el otro: el abogado que trabaja solo o en un estudio de cinco personas, en Santiago, en Lima, en Montevideo, en Buenos Aires. Alguien que no tiene un equipo de becarios a quien delegarle la lectura de 200 páginas y que, si quiere recuperar su sábado, tiene que comprarse la herramienta él mismo. Ese perfil decide rápido porque decide solo. Es una diferencia comercial enorme.
Los números que han hecho públicos cuentan esa curva: de unos 5.000 abogados usando el producto a más de 25.000 en la región, con operación abierta en Perú, Uruguay y Argentina además de Chile. Su web está en magnar.ai.
La ronda de octubre
En octubre de 2025, con la empresa recién cumpliendo unos meses de vida, levantaron 300.000 dólares. Entraron Buenaonda Ventures, Platanus Ventures y Punto Cero.
Trescientos mil dólares no es una cifra que impresione a nadie. En los titulares de emprendimiento uno lee rondas de diez millones y esta parece calderilla. Pero conviene mirarla por lo que es: dinero para dos fundadores y un equipo mínimo en Chile, donde los costes no son los de San Francisco, que da unos cuantos trimestres de margen para vender, corregir y volver a vender. Es una ronda de sobrevivir con holgura mientras se aprende, no una de contratar cuarenta personas.
La diferencia entre las dos cosas se nota luego. Una ronda pequeña obliga desde el primer día a preguntarle al cliente si va a pagar, porque no hay colchón para posponer esa conversación. Una ronda grande permite aplazarla dos años, y a veces la respuesta que llega entonces ya no sirve de nada. En este blog hemos contado el caso contrario con detalle: Jüsto quemó más de 300 millones de dólares antes de descubrir dónde estaba el margen real de su negocio.
Qué había antes
El software para abogados no nació en 2025. Lleva décadas existiendo y tiene dos familias grandes.
- Las bases de datos jurídicas: los grandes repositorios de legislación y jurisprudencia, con buscador, a los que los despachos llevan pagando suscripción desde los años noventa. Caras, imprescindibles y pensadas para consultar, no para producir.
- La gestión de despacho: los programas de expedientes, plazos, minutas y facturación. Resuelven la administración del negocio; del texto jurídico no se ocupan.
Entre esas dos familias quedaba un hueco: el rato en el que el abogado está a solas con el documento. Ahí no había herramienta, había oficio y horas. Ese hueco es el que ha abierto la nueva generación de modelos de lenguaje, y por él han entrado a la vez muchísimos productos, en Estados Unidos, en Europa y en América Latina. Magnar no llegó a un mercado vacío. Llegó a uno que acababa de abrirse para todos al mismo tiempo, donde la ventaja no está en tener la idea sino en llegar antes a un abogado concreto de Lima que todavía no ha probado nada.
El problema de la hora facturada
Queda la pregunta incómoda, la del socio haciendo cuentas. Si le ahorras cuatro horas a alguien que cobra por horas, ¿por qué te va a pagar?
La respuesta, en la práctica, tiene menos que ver con la teoría económica de lo que parece. El abogado pequeño no suele tener un problema de horas vacías que rellenar: tiene un problema de horas de más, trabajo que se le acumula el jueves y que termina el domingo. Para él, ahorrar tiempo no es perder ingresos, es recuperar vida o meter otro cliente. Y hay una parte del trabajo que nunca llegó a facturarse a nadie, la que se hace por debajo, la que se come el presupuesto cerrado que se pactó demasiado optimista.
Ahí es donde funciona una venta como la de Magnar. Donde no funciona es en el despacho grande con estructura de horas consolidada, comités de compras y un socio director que no piensa reabrir el modelo de facturación por una suscripción mensual.
En qué punto están
Un año de vida, cuatro países, una ronda pequeña y una base de usuarios que se ha multiplicado por cinco. Lo que no está resuelto todavía es lo de siempre en este tipo de empresas: cuántos de esos 25.000 abogados pagan de verdad todos los meses y cuántos abrieron una cuenta, probaron dos documentos y no volvieron. Ese dato, el de la gente que renueva, es el único que separa una empresa de software de una lista de correo bien grande.
Es también el dato que la próxima ronda les va a pedir primero.