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Buscando la Libertad
Dejar de depender de una nómina: montar algo, comprar algo o vivir de lo invertido

Jüsto: el supermercado sin supermercados que quemó más de 300 millones de dólares para descubrir que la compra deja muy poco margen

· Nadia Bermejo
Imagen editorial del caso Jüsto (supermercado online, México)
Logotipo de Jüsto
Logotipo de Jüsto. Fuente: web oficial de la empresa (archivada).

Qué era Jüsto

Jüsto era un supermercado que solo existía en internet. No tenía locales a los que entrar, ni cajas, ni cajeras: se pedía la compra desde una aplicación o desde la web y un repartidor la llevaba a casa.

La diferencia con un servicio de reparto normal es importante y explica casi toda su historia. Jüsto no recogía la compra en el supermercado de otro; compraba la mercancía él mismo, la guardaba en almacenes urbanos cerrados al público —lo que en el sector se llama *dark stores*, «tiendas a oscuras»: naves pequeñas en zonas céntricas que funcionan como el almacén de un supermercado pero sin sala de ventas— y la repartía con su propia logística. Es lo que se conoce como un modelo «integrado verticalmente»: la empresa controla toda la cadena, desde que le compra al proveedor hasta que llama al timbre.

Ese control tenía una promesa detrás. Al eliminar el local físico, la empresa decía poder pagar mejor a los productores pequeños y, a la vez, vender más barato al cliente. De ahí el nombre: Jüsto, de «justo», por el precio justo para las dos puntas de la cadena. Nació en Ciudad de México en 2019 y se presentó como el primer supermercado 100 % digital del país.

Historia

Quién la fundó y por qué. Jüsto la fundó en 2019 Ricardo Weder, ingeniero industrial formado en el Tecnológico de Monterrey, que venía de dirigir Cabify —la plataforma de transporte con conductor— en México y América Latina. Le acompañó Alejandro Sisniega, también procedente de Cabify, citado en la mayoría de las coberturas como cofundador. Algunos relatos posteriores añaden un tercer nombre a la fundación; las fuentes de referencia mencionan de forma consistente a estos dos.

El argumento de partida, que Sisniega repitió en entrevistas, era que el supermercado mexicano llevaba cuarenta años sin cambiar de verdad: las cadenas se habían comprado unas a otras y habían cambiado de rótulo, pero el modelo era el mismo. Vieron ahí un sector grande, aburrido y lento, y decidieron atacarlo por donde nadie lo estaba haciendo: sin tiendas.

Los primeros años y el golpe de suerte. El golpe de suerte tiene fecha: marzo de 2020. Jüsto llevaba unos meses funcionando cuando llegó la pandemia y millones de personas dejaron de querer pisar un supermercado. Un negocio que tenía por delante años de pedagogía —convencer a la gente de que comprara la fruta sin tocarla— se encontró con la demanda hecha. Según las coberturas del momento, la empresa llegó a crecer a ritmos de tres dígitos porcentuales.

Ese viento de cola se tradujo en dinero. La ronda semilla —la primera inversión seria de una empresa joven— fue de 10 millones de dólares, liderada por el fondo estadounidense Foundation Capital, y se amplió dos veces durante 2020: 12 millones más en junio y 5 millones más en octubre, hasta unos 27 millones. En la lista de inversores había fondos de capital riesgo (Mountain Nazca, Quiet Capital, Elevar Equity, Sweet Capital, H2O Capital, SV LatAm Capital, S7V) y también brazos de inversión de gigantes de la alimentación: FEMSA Ventures y Bimbo Ventures.

La ronda que lo cambió todo. En febrero de 2021, Jüsto anunció 65 millones de dólares liderados por General Atlantic, uno de los grandes fondos de crecimiento del mundo. La empresa la presentó como la mayor Serie A de la historia de América Latina. (Una «Serie A» es la primera ronda grande e institucional; que la más grande del continente la levantara un supermercado online da la medida del entusiasmo de aquel momento.)

La expansión. Con ese dinero llegó la internacionalización, y llegó rápido. En septiembre de 2021 Jüsto entró en Brasil con marca propia y una inversión inicial anunciada de 40 millones de dólares. En octubre de 2021 entró en Perú por la vía de comprar: adquirió Freshmart, un supermercado online limeño fundado en 2016, con unos 8.000 productos en catálogo y, según las cifras que se publicaron entonces, entre el 18 % y el 20 % del comercio electrónico de alimentación peruano. Fue la primera adquisición de su historia.

En abril de 2022 vino la ronda más grande: 152 millones de dólares, otra vez con General Atlantic al frente, y con Tarsadia Capital, Citius, Arago Capital, Foundation Capital y Quiet Capital dentro. Weder explicó que algo más de la mitad iría a México y el resto a Brasil y Perú, y que dentro de lo de México en torno a un 30 % se destinaría a tecnología e infraestructura.

La primera grieta doctrinal. Ese mismo 2022, la empresa que se había definido por no tener tiendas abrió una tienda. Fue en Perú, en el distrito limeño de Miraflores, a través de Freshmart: unos 300 metros cuadrados con la parte delantera funcionando como supermercado normal y la trasera como almacén de reparto. La empresa lo llamó omnicanalidad. Visto con perspectiva, fue la primera vez que el modelo puro admitió que necesitaba algo del mundo físico.

En junio de 2022, en plena euforia, Weder declaró a Bloomberg Línea que Jüsto no perseguía la etiqueta de «unicornio» —empresa valorada en más de 1.000 millones de dólares— sino la rentabilidad, y se negó a dar una valoración de la compañía.

Los problemas. A partir de 2023 el clima cambió para todo el sector: se acabó el dinero barato y los inversores dejaron de premiar el crecimiento a cualquier precio. Jüsto siguió levantando capital, pero ya con otra música. En octubre de 2024 anunció 70 millones de dólares, de los cuales solo 50 eran capital (de nuevo con General Atlantic) y 20 eran financiación estructurada de HSBC, es decir, deuda. Cuando un negocio empieza a sustituir capital por deuda, suele ser porque el capital ya no se consigue en las mismas condiciones.

Y entonces vino el desmontaje, sorprendentemente rápido. En noviembre de 2024, apenas un mes después de esa ronda, Jüsto anunció la salida gradual de Perú. En diciembre de 2024 salió de Brasil. La justificación oficial fue una reestructuración estratégica para concentrarse en México.

En paralelo, ese mismo noviembre de 2024, Jüsto anunció una alianza con Amazon en México para entregas rápidas —en torno a quince minutos— en Ciudad de México, ampliada en febrero de 2025 al Estado de México, Monterrey y Querétaro. La empresa lo vendió como una alianza de crecimiento. En la práctica, Jüsto se convertía en el músculo logístico de un competidor mucho más grande dentro de su propio mercado.

El final. A mediados de diciembre de 2025, Jüsto comunicó el cierre de sus operaciones en México y fijó el 15 de diciembre de 2025 como fecha de cese. El comunicado fue escueto: «Hemos tomado la difícil decisión de cesar las operaciones de Jüsto en México a partir del 15 de diciembre de 2025. Esta decisión responde a factores financieros, operativos y estratégicos». Los pedidos ya confirmados se entregarían si había inventario; el resto se reembolsaría; los saldos acumulados en el monedero de la aplicación (Jüsto Wallet) dejaban de tener validez. Seis años después de nacer, la empresa se apagaba en catorce meses desde su última ronda.

El epílogo, que cambia la historia. El 13 de enero de 2026, menos de un mes después del cierre, se anunció que el Grupo OMNi —de los empresarios costarricenses Moisés y Samuel Chaves, dueños del banco mexicano Bankaool— compraba las acciones de Jüsto USA y tomaba el control, con una inyección de hasta 100 millones de dólares durante el primer año. La operación contó con el respaldo de accionistas previos como General Atlantic, y con la validación de HSBC. FEMSA precisó que ya no era accionista. El plan incluía pagar a los proveedores pendientes y reincorporar a más de 500 empleados. Ricardo Weder no volvía como director general. En febrero de 2026, OMNi afirmó haber recuperado el 80 % de la operación en dos semanas.

Así que conviene decirlo con precisión: la marca Jüsto sobrevivió; la empresa Jüsto, no. El proyecto original —una startup de capital riesgo que iba a ser el supermercado de América Latina— murió el 15 de diciembre de 2025, con su fundador fuera y su accionariado sustituido. Lo que reabrió en 2026 es otra compañía con el mismo nombre.

Problemas legales. En lo publicado no consta que el cierre derivara en un concurso de acreedores ni en litigios relevantes. Sí hubo deudas con proveedores pendientes de pago, cuyo importe no se hizo público y que el nuevo dueño asumió como parte del reordenamiento financiero.

Por qué murió

Cifras de Jüsto (supermercado online, México)

Los números

Lo que sí es público (todas las cifras en dólares estadounidenses):

Lo que nunca se hizo público. Esto es tan relevante como lo anterior, y conviene decirlo sin rodeos: Jüsto fue una empresa privada que jamás publicó sus cuentas. No se hicieron públicos:

Lo único que se puede afirmar con solidez sobre la salud financiera de Jüsto es lo que dicen sus propios actos: retiró dos países catorce meses antes de cerrar el tercero, sustituyó capital por deuda bancaria en su última ronda y cerró apenas un año después de levantar 70 millones.

La lección

Jüsto no murió por una mala idea. La idea era buena y sigue siéndolo: el supermercado tradicional es lento, opaco y trata regular a los productores pequeños. Murió porque una buena idea puede chocar con una aritmética que no se negocia.

Hay tres cosas que quedan de esta autopsia.

La primera es que en un negocio de márgenes minúsculos, el crecimiento no es una estrategia, es un acelerador. Si cada pedido pierde dinero, duplicar los pedidos duplica la pérdida. Muchas empresas jóvenes asumen que la escala arreglará los números —que comprando más barato y repartiendo más denso el agujero se cerrará solo— y a veces es verdad. En alimentación, con márgenes de un dígito bajo y costes de frío y transporte que no bajan con el volumen tanto como se espera, casi nunca lo es. Antes de pisar el acelerador hay que saber si el vehículo va hacia delante o hacia atrás.

La segunda es que el dinero fácil disfraza el diagnóstico. Mientras entró capital abundante, Jüsto pudo permitirse abrir Brasil y comprar Perú sin haber demostrado que ganaba dinero en México. La financiación externa no arregló el modelo: le compró tiempo y le añadió complejidad. Cuando el grifo se cerró, el problema seguía exactamente donde estaba, solo que ahora estaba en tres países y con una estructura mucho más cara. Una ronda grande no es una validación del negocio; es una apuesta de otro sobre tu negocio.

La tercera es la más incómoda: el COVID no fue una oportunidad, fue un espejismo con forma de oportunidad. Muchas empresas leyeron el pico de 2020 como prueba de que el mercado había cambiado para siempre, y calibraron su estructura para esa demanda. Cuando la gente volvió a la calle, se quedaron con los costes de un mercado que ya no existía. Distinguir una tendencia de una anomalía es, seguramente, la decisión más rentable que toma un fundador, y solo se puede tomar mientras la anomalía está ocurriendo, que es justo cuando menos ganas hay de dudar.

Y una coda sobre el final feliz: que la marca reabriera un mes después no convierte la historia en un éxito. La compró alguien especializado en rescatar empresas con problemas, con dinero nuevo, gestión nueva y sin el fundador. Los que pusieron más de 300 millones en el proyecto original no recuperaron ese proyecto. En el mundo de las startups, sobrevivir como marca y sobrevivir como empresa son dos cosas distintas, y conviene no confundirlas al contar el final.

*Este artículo es un análisis periodístico con fines divulgativos. No es asesoramiento financiero, de inversión ni empresarial, ni una recomendación de ningún tipo.*

Fuentes

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