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Buscando la Libertad
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Jawbone: 930 millones de dólares, pulseras que se descargaban solas y una liquidación sin juez

· Nadia Bermejo
Imagen editorial del caso Jawbone

Qué era Jawbone

El 9 de diciembre de 2011, el consejero delegado de una de las empresas más admiradas de San Francisco publicó la carta que ningún fabricante de electrónica quiere escribir. Hosain Rahman explicaba que la pulsera que habían lanzado cinco semanas antes fallaba: se descargaba sola, dejaba de sincronizar con el móvil, a veces simplemente se moría. Suspendían la producción. Y cualquiera que la hubiera comprado en una tienda autorizada podía pedir la devolución íntegra del dinero y quedarse la pulsera puesta. El culpable, según la propia empresa, eran dos condensadores del sistema de alimentación.

Aquella empresa era Jawbone, y en ese momento llevaba doce años existiendo sin que casi nadie supiera su nombre original. Había nacido en 1999 como AliphCom, en el entorno de Stanford, vendiendo auriculares bluetooth capaces de separar tu voz del ruido de una avenida. Luego llegó el Jambox, un altavoz portátil del tamaño de un estuche de gafas que se vendió en las tiendas de Apple y en medio mundo. Y por último la pulsera UP, una de las primeras que consiguió que alguien sin ninguna intención de correr una maratón quisiera llevar un sensor en la muñeca las veinticuatro horas. Detrás del aspecto de casi todo aquello estaba Yves Béhar, el diseñador suizo que fue durante años la cara estética de la casa.

Cuando echó el cierre, en julio de 2017, Jawbone había levantado unos 930 millones de dólares y había llegado a estar valorada por encima de los 3.000.

Historia

Alexander Asseily y Hosain Rahman se conocieron en Stanford a finales de los noventa. La idea con la que montaron AliphCom en 1999 no tenía nada que ver con pulseras ni con contar pasos: querían resolver un problema de audio, el de aislar una voz humana del ruido que la rodea. Era un problema lo bastante serio como para que, a partir de 2002, el dinero de investigación llegara de la Marina estadounidense y de DARPA, la agencia de proyectos avanzados del Pentágono, con trabajo de laboratorio junto al Lawrence Livermore. La tecnología estaba pensada para que un soldado pudiera hablar por radio en mitad de un estruendo.

De ahí salió, en 2004, el primer auricular con cancelación de ruido. Y en 2006, el Jawbone bluetooth, el aparatito que durante unos años llevó medio directivo enganchado a la oreja. En 2010 la empresa se quitó el nombre raro y pasó a llamarse como su producto: Jawbone.

La buena racha de verdad llegó con el Jambox, a finales de 2010. Era un altavoz bonito en una época en la que los altavoces portátiles eran feos, y se convirtió en regalo de Navidad recurrente. En 2012 llegó el hermano mayor, el Big Jambox. Jawbone tenía dinero, tenía marca y tenía una reputación de diseño que casi nadie en el hardware de consumo podía igualar.

Con ese impulso lanzó en noviembre de 2011 la pulsera UP. Un mes después llegó la carta de las devoluciones. Jawbone retiró el producto, rehízo la electrónica y volvió a lanzarlo en noviembre de 2012. Costó un año y un pellizco de credibilidad, pero funcionó: entre 2013 y 2014 la UP fue una de las tres o cuatro pulseras que la gente se planteaba comprar.

Esos fueron los años de la fiesta. Por la empresa pasaron Sequoia, Andreessen Horowitz, Khosla Ventures, Kleiner Perkins, Rizvi Traverse y BlackRock. En 2014 la valoración tocó los 3.200 millones de dólares y la prensa manejaba un ritmo de ingresos cercano a los 600 millones anuales, una cifra que la empresa nunca confirmó con cuentas auditadas porque nunca salió a bolsa ni publicó resultados.

La primera grieta pública apareció en agosto de 2014 y no vino de un rival, sino de su propia fábrica. Flextronics, el fabricante que le montaba los productos, demandó a Jawbone alegando incumplimientos por encima de 20 millones de dólares en mercancía servida y no pagada. Jawbone dijo después que el asunto quedó zanjado, pero el mensaje ya estaba fuera: a la empresa del diseño impecable le costaba pagar a tiempo.

En abril de 2015 entraron 300 millones de dólares de BlackRock, acompañado por Rizvi Traverse. No fue una ronda de capital al uso: fue un préstamo. Quien pone deuda cobra antes que los accionistas si las cosas se tuercen, y aquello dejó a los inversores de las rondas anteriores un escalón más abajo en la cola.

Ese mismo mes se vio lo que estaba pasando con el producto. La UP3 se había anunciado como una pulsera sumergible hasta diez metros (internamente la llamaban Thorpe, por el nadador olímpico) y acumuló casi seis meses de retraso porque, al escalar la fabricación, no conseguían garantizar esa estanqueidad en todas las unidades. Jawbone acabó lanzando el 20 de abril de 2015 una pulsera resistente a salpicaduras, con sensores de bioimpedancia que prometían leer más cosas de las que la app acabó leyendo. Las reseñas fueron duras: Engadget la despachó como una decepción llena de funciones. Cuatro días después, el 24 de abril, Apple puso a la venta el Apple Watch.

En mayo de 2015 Jawbone demandó a Fitbit acusándola de fichar a sus empleados para llevarse secretos comerciales. Fue el principio de dos años de pleitos caros. En paralelo llegaron los recortes: veinte despidos en junio y sesenta más en noviembre, el 15% de la plantilla mundial, con el cierre de la oficina de Nueva York y reducciones en Sunnyvale y Pittsburgh. En diciembre de 2015, BlackRock rebajó el valor de sus acciones de Jawbone un 69%.

2016 fue el año en el que todo se cerró a la vez. Entró una ronda de 165 millones liderada por la Kuwait Investment Authority, el fondo soberano kuwaití, a cambio de partir la valoración por la mitad hasta los 1.500 millones. En mayo Jawbone puso a la venta su negocio de altavoces para concentrarse en salud. Y el pleito con Fitbit se le giró en contra: entre marzo y abril, el juez del ITC tumbó varias patentes de Jawbone por considerar que reclamaban ideas abstractas (recoger y vigilar datos de sueño y de salud), y el 24 de agosto dictaminó que Fitbit no había robado secretos comerciales.

En febrero de 2017 se publicó que Jawbone abandonaba el mercado de consumo. En junio empezó a liquidar. El 13 de julio de 2017 emitió una notificación de cesión de bienes en beneficio de los acreedores, una figura del derecho estadounidense que permite vender los activos y repartir el dinero fuera de un juzgado de quiebras. Rahman ya estaba montando otra empresa, Jawbone Health Hub, con parte del equipo dentro.

La historia tuvo dos epílogos. En 2018, con Jawbone ya muerta, la fiscalía federal imputó a empleados y exempleados de Fitbit por posesión de secretos comerciales robados de Jawbone. Y en enero de 2023, All.health, la sucesora de aquel proyecto de salud, fue demandada en San Francisco por uno de sus inversores, que alegaba fraude, falsedad y incumplimiento de contrato; en la demanda figuraban Rahman y Michael Luna. Son acusaciones de una parte en un pleito civil, no hechos probados.

Por qué murió

Cifras de Jawbone

Los números

Lo que sí es público:

Lo que no se hizo público, y por tanto nadie puede dar por cierto: Jawbone fue siempre una empresa privada y nunca publicó cuentas auditadas. No hay facturación verificada (el ritmo de unos 600 millones anuales que se citó en 2014 procede de filtraciones a la prensa, no de un estado financiero), ni EBITDA, ni márgenes por producto, ni coste de adquisición de cliente, ni valor de vida del cliente, ni retorno de la inversión publicitaria, ni gasto en marketing, ni unidades totales vendidas de Jambox o de UP, ni desglose de la expansión internacional. Tampoco se publicó el importe del acuerdo con Flextronics, ni el precio al que se vendió el negocio de altavoces, ni cuánto recuperó cada acreedor en la liquidación, ni si los accionistas recibieron algo. Al liquidar por cesión de bienes en lugar de por concurso, no hubo expediente judicial que obligara a contarlo.

La lección

Cada ronda que Jawbone cerró compró tiempo y subió el listón. Con 930 millones levantados y un precio puesto en 3.200, la empresa se quedó sin la salida que sí tuvieron otras marcas de hardware de su época: venderse por unos cientos de millones a alguien más grande y seguir existiendo dentro. Esa puerta la cerró el propio dinero.

Después está el detalle del producto, que es donde empezó todo. Un servicio digital con un fallo se arregla el jueves por la noche y el viernes nadie se acuerda. Una pulsera con dos condensadores mal elegidos ya está en la muñeca de cien mil personas, hay que pagar la devolución, comerse el inventario y rehacer el molde. Jawbone pasó por eso en 2011, lo superó, y volvió a pasar por una versión parecida en 2015, cuando ya tenía a Apple y a Fitbit encima y no quedaba margen para un segundo año perdido.

Y queda una consecuencia práctica de cómo se cerró. Nueve años después de aquel julio de 2017, no existe ningún documento público que explique en qué se gastaron los 930 millones, porque la liquidación se hizo repartiendo activos entre acreedores y no ante un juez.

Esto es una autopsia periodística, no asesoramiento financiero ni una recomendación de inversión.

Fuentes

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