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Buscando la Libertad
Dejar de depender de una nómina: montar algo, comprar algo o vivir de lo invertido

Fast: la startup que pagó un millón a The Chainsmokers y facturó 600.000 dólares en todo el año

· Nadia Bermejo
Imagen editorial del caso Fast (checkout, one-click)

El 16 de enero de 2022, en Nueva York, durante la feria más grande del comercio minorista del mundo, tocaron The Chainsmokers. Un empleado con conocimiento directo del acuerdo contó después a NPR que la factura del dúo fue de un millón de dólares. La empresa que pagaba la fiesta se llamaba Fast, y en todo el año anterior había facturado unos 600.000 dólares.

Ochenta días más tarde estaba cerrada.

Qué era Fast

La idea era de las que se explican en diez segundos, y por eso gustó tanto. Cuando compras algo por internet, entre que te decides y que le das al botón de pagar hay un valle de muerte: crear cuenta, recordar contraseña, teclear la dirección, sacar la tarjeta del bolsillo. Mucha gente abandona ahí. Fast quería borrar ese valle entero con un botón: tú te registras una vez en Fast, y a partir de ahí en cualquier tienda que llevara el botón compras con un clic, sin cuenta, sin formulario, sin nada.

Eran dos productos: Fast Login, para entrar en cualquier web sin contraseña, y Fast Checkout, el botón de pagar. La gracia frente a lo que ya existía es que no dependía de la plataforma de la tienda: daba igual que vendieras con Shopify, con BigCommerce o con un desarrollo propio, pegabas un trozo de código y ya tenías el botón. Amazon llevaba dos décadas con su patente de compra en un clic; Fast quería ese superpoder para todos los demás.

En el mismo carril corrían Bolt, con el mismo modelo, y Shop Pay, el botón de Shopify. Ese detalle acabaría importando mucho.

Historia

Dominic Holland, australiano, tenía una biografía de las que impresionan en una llamada de veinte minutos. En 2010 compró por 20 dólares el dominio Qant.as y desvió el tráfico a Virgin Blue, la competencia de Qantas; luego contaría que lo vendió por 1,3 millones. Después montó Tow.com.au, una especie de Uber de las grúas en Queensland, con un contrato en exclusiva con la policía del estado. En su mejor momento gestionaba unas cien retiradas de vehículos al día.

Tow se estrelló contra un problema muy poco glamuroso: los coches viejos que nadie reclamaba. El dueño abandonaba el vehículo, la grúa ya había trabajado y alguien tenía que pagar. Holland sostenía que le tocaba a la administración. La administración no pagaba. Cuando se quedó sin caja, Holland anunció que pensaba vender los datos personales —cuentas bancarias, permisos de conducir— de 21.000 usuarios de la aplicación, y llegó a decirle a la ABC australiana que «el dato de un carné de conducir vale 80 dólares en el mercado negro». El Tribunal Supremo de Queensland le obligó a entregar esa base de datos bajo amenaza de arresto. En 2018 la empresa entró en liquidación debiendo 5,7 millones de dólares australianos, casi todo a pequeñas empresas de grúas. Joe Andriske, dueño de Harvey’s Towing Services, se quedó a deber 423.000 dólares. «Prometía y prometía. Nos hizo un pago pequeño y desapareció, tío», le contó a NPR años después. En septiembre de 2019 el gobierno estatal cerró el pleito por menos de un millón.

Para entonces Dominic ya era Domm, ya estaba en Estados Unidos y ya tenía una historia nueva y mucho más simpática: la abuela de su mujer no conseguía acordarse de la contraseña para pedir la compra por internet. De ahí, decía, salió el prototipo. En su biografía oficial Tow aparecía como «una plataforma de grúas bajo demanda que procesó más de 50 millones en transacciones», con sus premios. La liquidación no salía.

Fast se fundó en marzo de 2019. Holland fichó como cofundadora y COO a Allison Barr Allen, que venía de dirigir operaciones de producto del equipo de dinero de Uber, donde había desplegado pagos, riesgo y cumplimiento en decenas de países. Se conocieron porque ella iba a invertir como business angel; la reunión salió tan bien que acabó dentro. Aquel primer prototipo, el que Holland enseñaba a los inversores, lo construyó en buena parte una docena de ingenieros nigerianos contratados por unos 800 dólares al mes. Cuando NPR los localizó, contaron que los despidieron de un día para otro y que él presentaba el trabajo como propio: «Nos borró por completo aunque nosotros construimos la primera versión de la aplicación que estaba enseñando a los fondos».

El dinero llegó rápido y en escalones cada vez más grandes. A finales de 2019, una semilla de 2,5 millones con Index Ventures y Susa Ventures. El 26 de marzo de 2020 —con medio mundo encerrado en casa y el comercio electrónico disparado— una Serie A de 20 millones liderada por Stripe, la empresa de pagos más caliente del planeta. Que Stripe pusiera su nombre ahí valía más que los 20 millones. En enero de 2021, la Serie B: 102 millones, otra vez con Stripe al frente. La nota de prensa hablaba de un volumen de ventas que «se triplicaba cada mes». Nadie preguntó en voz alta desde qué cifra se triplicaba.

Con 124 millones en el banco, Fast se comportó como si ya hubiera ganado. Pasó de menos de veinte ingenieros a unos 150, y de ahí a 450 empleados en total, que se llamaban a sí mismos «fastronautas». Sueldos base de 200.000 a 240.000 dólares para ingenieros sénior en Estados Unidos, de 180.000 a 220.000 euros en Europa, y bonos de entrada de 20.000 a 50.000. Abrió una sede en Tampa, donde vivía la familia de Holland. En la rueda de prensa de presentación, él llegó conduciendo una camioneta de la NASCAR, hizo trompos delante de todo el mundo y salió por la ventanilla mientras alguien le pasaba una americana de color salmón. Se definía como «el CEO más rápido del mundo». Subía a Instagram sus saltos en paracaídas y su lancha. Un antiguo empleado lo resumió así para NPR: «Era como preguntarse a qué velocidad podemos prender fuego al dinero».

El 17 de febrero de 2022, NPR publicó la investigación sobre Tow, los ingenieros nigerianos y los objetivos internos «absolutamente irracionales». Fast rechazó todas las peticiones de entrevista durante tres semanas y contestó con una grabación preparada.

El final fue de manual y duró once días. El 25 de marzo, en una reunión general, Holland reconoció que la Serie C se retrasaba y esquivó las preguntas sobre despidos. Buscaban 100 millones a una valoración por encima de los 1.000 millones; luego bajaron la petición a 450 millones. No apareció nadie. El 28 de marzo la empresa anunciaba, como si nada, su acuerdo con The Honest Company. El 29, The Information publicó los números de verdad: 600.000 dólares de ingresos en 2021 y unos 10 millones de gasto al mes. A partir de ahí ya solo hubo banco de inversión y llamadas para vender el cadáver. El 5 de abril de 2022, los 450 empleados se quedaron en la calle. Cobraban hasta el viernes y esa misma tarde ya no podían entrar en los sistemas de la empresa. Affirm, negociando con la cúpula técnica, ofreció trabajo a unos 100 de los 150 ingenieros; el resto de departamentos no tuvo a nadie que negociara por ellos.

Holland publicó que «algunos pioneros no llegan hasta la cima de la montaña».

Por qué murió

Cifras de Fast (checkout, one-click)

Los números

Lo que sí es público:

Lo que nunca se hizo público: el coste de captación de cliente (CAC), el valor de vida del cliente (LTV), el margen bruto, el EBITDA, el presupuesto total de marketing, el volumen de ventas procesado en cifras absolutas, la comisión que cobraba por transacción, cuántas tiendas y cuántos compradores estaban realmente activos, los términos económicos del acuerdo con Affirm y cuánto recuperaron los inversores. No hay cifras verificadas de ninguna de esas cosas, y las que circulan son estimaciones de terceros.

La lección

Fast tuvo dos años y medio de dinero fácil y ni un solo trimestre en el que alguien tuviera que demostrar que el botón funcionaba. Ese es el orden que se invirtió: primero llegó la valoración, después la plantilla, después la fiesta, y el producto se quedó esperando su turno. Cuando por fin alguien miró los ingresos, no había margen para arreglar nada, porque el arreglo costaba dieciocho meses y en caja quedaban semanas.

Hay una segunda cosa, menos comentada. El pago no es un trozo de software suelto que puedas colocar encima de la web de cualquiera: pertenece a quien controla la tienda. Fast vendía un botón a comercios cuyos proveedores —Shopify, Stripe, el propio inversor— podían regalar mañana algo equivalente, y de hecho lo hicieron. Y hay una tercera, que es de los inversores: la historia del fundador estaba escrita, en inglés, en registros públicos australianos, y a nadie le apeteció leerla mientras la ronda iba rápido.

Affirm se llevó la tecnología y a la mayoría de los ingenieros. El botón desapareció de las tiendas en cuestión de días. Holland montó después Trady, un creador de webs con inteligencia artificial para gremios y oficios, y hoy vive en Salt Lake City. Los transportistas de Queensland siguen sin cobrar.

*Esto es un relato periodístico de un caso empresarial, no asesoramiento financiero ni una recomendación de inversión.*

Fuentes

(Todas nofollow.)