El subsconsciente
Los psicólogos están otorgando cada vez más importancia al inconsciente, considerándolo como la principal actividad de nuestro cerebro y la más decisiva para nuestra supervivencia, además de ser el origen de la creatividad y el arte. El neurólogo español Francisco J. Rubia lo describe así: “Hoy sabemos que la inmensa mayoría de procesos mentales discurre inconscientemente. No tenemos ninguna posibilidad de saber conscientemente qué hace el cerebro cuando se prepara para realizar un acto motor determinado, ni para percibir un color, un sonido o un olor. La moderna ciencia cognoscitiva señala que somos conscientes sólo de los resultados de muchas elaboraciones mentales, pero no de lo que las produce. Conocemos los resultados de nuestra percepción o memoria, pero no los mecanismos que producen esos resultados.”
Francisco J. Rubia también apunta que, de toda la actividad del cerebro, sólo un 0,1% se desarrolla conscientemente.
De todos modos, aunque los psicólogos no niegan la existencia de la consciencia –ni mucho menos–, de momento no han encontrado ninguna decisión o acción que esté causada por una voluntad consciente. Esta ausencia de acciones o decisiones causadas por la consciencia han llevado a algunos pensadores a postular una especie de epifenomenalismo, planteando la conexión entre mente y materia como una relación de un solo sentido, con la materia actuando sobre la mente, pero no a la inversa.
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Así pues, según las conclusiones de los experimentos descritos, parece ser que la consciencia sólo tiene la función de contemplar y narrar, y que no tiene la capacidad de decidir. De todos modos, aunque la consciencia no participe de las decisiones, no se puede negar que la consciencia pueda influir ciertas decisiones. Por ejemplo, si en un momento dado soy consciente, por el tono de voz, que un amigo está triste al otro lado de la línea de teléfono, mi consciencia influirá mi siguiente decisión de preocuparme sobre el estado de ánimo de mi amigo, una acción que no se habría producido si mi consciencia no hubiera detectado el tono de voz grave.
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Tenemos pues un ejemplo plausible en el cual la consciencia pudo haber influido el curso de una decisión. Pero, a tenor de los estudios descritos, según los cuales la consciencia sólo es un narrador de los acontecimientos, deberíamos concluir que la consciencia sólo actuó como una fuente de información y que mi decisión de preocuparme probablemente se generó inconscientemente, condicionada por la información recibida de la consciencia.
El título del libro de Daniel Wegner ya lo dice bien claro: la voluntad consciente es una ilusión; y todos los estudios neurológicos parecen apuntar en el mismo sentido: las decisiones conscientes no existen. Es de esperar que en el futuro sigan realizándose los experimentos psicológicos y neurológicos que continuarán restringiendo más y más cualquier opción de libertad humana, mostrando más casos en los que las decisiones fueron inconscientes y que, sólo después de las elecciones, la voluntad se apropió de ellas asignándose la causa. Con todo, no podemos descartar la posibilidad de que algún día los neurólogos o psicólogos encuentren una decisión iniciada por la consciencia.