Cromodata: vender a la industria farmacéutica los datos médicos anonimizados de 47 hospitales latinoamericanos

Siete años yendo de consulta en consulta. Análisis repetidos porque el informe del especialista anterior no llegaba, o llegaba en papel, o llegaba en un formato que el siguiente médico no podía leer. Keila Barral Masri tenía convulsiones que le desordenaban la vida y nadie conseguía decirle por qué. Cada cita nueva empezaba desde cero, como si su cuerpo no tuviera historia.
Lo que acabó viendo es que su historia sí existía. Estaba repartida en los servidores de media docena de centros médicos que no se hablaban entre ellos. De ahí salió Cromodata, la empresa argentina que fundó en enero de 2025 y que, doce meses más tarde, cerró una ronda de inversión que la valora en 20 millones de dólares.
Qué vende exactamente
Un hospital acumula historiales: diagnósticos, analíticas, imágenes, tratamientos y qué pasó después. Ese material sirve para investigar, pero está atado a personas con nombre y apellidos, así que nadie puede sacarlo de ahí sin más.
Cromodata se mete en medio. Firma con el centro, conecta sus sistemas, retira todo lo que identifica al paciente —nombre, documento, dirección, fechas exactas— y traduce lo que queda a un formato común, para que el historial de una clínica de Santiago y el de un hospital de Bogotá se puedan leer juntos. Ese paquete anonimizado es lo que un laboratorio, un grupo de investigación o una empresa que entrena modelos médicos compra para estudiar, pongamos, cómo responde un fármaco en pacientes con determinado perfil.
A día de hoy trabaja con 47 hospitales de cinco países de la región y dice haber procesado más de 20 millones de registros anonimizados, bajo estándares como HIPAA (la norma estadounidense de privacidad médica), el RGPD europeo e ISO 27001, que certifica cómo se gestiona la seguridad de la información.
Por qué el origen de los datos cambia el precio
La mayoría de las bases de datos clínicos que se usan en investigación vienen de Estados Unidos y Europa. Un medicamento probado sobre esa población no tiene por qué comportarse igual en otra con mezcla genética, dieta y sistema sanitario distintos. Latinoamérica, con cientos de millones de habitantes, aparece muy poco en ese material. Ese hueco es el argumento comercial de Cromodata: no vende datos médicos, vende datos médicos que casi nadie más tiene ordenados.
Quién está detrás y con qué dinero
Barral Masri fundó la empresa junto a Matías Carson y Juan Pablo Brea. En octubre de 2025 cerraron una ronda pre-semilla de 1,2 millones de dólares. «Pre-semilla» quiere decir el primer dinero serio que entra, cuando todavía hay más plan que facturación; lo pusieron inversores particulares —ángeles, en la jerga— y Pharmstars, una aceleradora estadounidense especializada en farmacéuticas.
La segunda ronda, ya en 2026, fue de 4 millones con un grupo inversor mexicano, a una valoración de 20 millones post-money. Eso último suena peor de lo que es: significa que, contando ya el dinero que acaba de entrar, la empresa entera se tasa en 20 millones. Los 4 millones nuevos compran, por tanto, alrededor del 20 % del negocio.
Lo que ya existía antes
Esto no se lo ha inventado nadie en 2025. IQVIA lleva décadas vendiendo datos sanitarios a la industria farmacéutica a escala mundial, y plataformas como TriNetX agregan historiales anonimizados de redes hospitalarias para diseñar ensayos clínicos. El método de toda la vida es todavía más simple: el laboratorio que quiere un estudio llama a un hospital, negocia un convenio, espera meses y se lleva los datos de ese hospital y de ninguno más.
La diferencia de Cromodata está en el mapa y en la fontanería. Cubre países que las grandes tienen mal atendidos y se plantea como infraestructura: el laboratorio no negocia 47 convenios, negocia uno.
El activo son los contratos, no el código
Aquí está lo que sostiene una valoración de 20 millones con un año de vida, y conviene decirlo sin adornos. El programa que borra nombres de una base de datos y homogeneiza formatos no es una proeza técnica; hay equipos capaces de reconstruirlo en unos meses.
Lo que cuesta años es lo otro: convencer al comité de un hospital público, pasar su revisión legal, adaptarse a un sistema informático de 2009 y conseguir que el director médico firme. Multiplicado por 47, en cinco países con cinco marcos legales distintos. Ese trabajo aburrido es el activo que se está pagando. También es el punto frágil: si esos acuerdos son exclusivos y largos, la empresa vale mucho; si un hospital puede irse cuando quiera o firmar mañana con otro intermediario, la cifra se sostiene sobre menos suelo del que parece.
De quién es un historial cuando ya no lleva nombre
El paciente generó el dato en una consulta que probablemente pagó, o pagó su seguro, o pagó el Estado. El hospital lo guarda. Cromodata lo empaqueta. El laboratorio lo compra. De los cuatro, el único que no cobra nada es el primero.
Legalmente hay poca discusión: en casi todas las jurisdicciones, un dato anonimizado deja de considerarse dato personal, y con ello desaparecen los permisos que harían falta para moverlo. Justamente esa frontera es la que hace posible el negocio. Lo que sigue abierto es hasta qué punto un historial clínico muy detallado —enfermedad rara, edad, ciudad, secuencia de tratamientos— es de verdad irreconocible cuando se cruza con otras fuentes. Es un debate vivo entre investigadores de privacidad, y no se resuelve con un sello.
A quién le sirve y a quién no
Le sirve a quien investiga y necesita volumen de casos reales de la región. No le sirve al paciente que buscaba lo que buscaba Barral Masri: llegar a una consulta y que su historial ya estuviera allí. Ese problema fue el detonante, pero el producto que se vende hoy mira hacia el otro lado del mostrador.
El plan anunciado es entrar en México durante la primera mitad de 2026 y en Brasil antes de que acabe el año. La prueba de los próximos doce meses es si esos 47 hospitales se convierten en doscientos sin que baje lo que la empresa cobra por cada registro.