Eaship: de 8 a 25 clientes y un millón de euros para quitarle el Excel al transporte de las fábricas

Un lunes cualquiera en una fábrica de embutidos. El responsable de logística abre el Excel donde tiene apuntadas las cargas de la semana, coge el teléfono y llama a cuatro transportistas para preguntar cuánto le cobran por llevar tres palés a Sevilla. Apunta los precios a mano, en la columna de al lado. Por la tarde, alguien del muelle le manda por WhatsApp la foto de un albarán firmado y torcido, que acaba en una carpeta con otras cuatrocientas fotos. A final de mes llegará la factura del transportista y tocará comprobar, papel a papel, si lo que cobran es lo que se habló por teléfono.
Ese lunes es el mercado de Eaship.
Qué vende y a quién
Eaship es una empresa valenciana fundada en 2023 que vende un TMS. Las siglas vienen de Transport Management System y, dicho en llano, es el programa donde una empresa que fabrica algo organiza cómo sale ese algo por la puerta: quién lo lleva, a qué precio, cuándo se carga, si llegó, si el papel volvió firmado y si la factura del transportista cuadra con lo pactado.
Lo interesante es a quién se lo venden. No a transportistas ni a operadores logísticos, sino a fabricantes medianos: alimentación, química, envases, construcción, gran consumo. En su web describen el perfil con bastante precisión: fábricas que mueven entre 1.000 y 50.000 expediciones al año. Mil al año son cuatro camiones al día; cincuenta mil son doscientos. Por debajo de ese rango, el Excel aguanta. Por encima, la empresa ya suele tener montado un departamento entero con software caro. El hueco está justo en medio, y es un hueco que no sale en los titulares porque no tiene nada de vistoso.
Qué hace la herramienta, en concreto
Tres cosas, sobre todo. La primera: mandar el mismo porte a varios transportistas a la vez, recoger sus precios en la misma pantalla y adjudicar sin volver a llamar a nadie. La segunda: firmar electrónicamente el albarán y la carta de porte (el CMR, el documento que acompaña a la mercancía cuando cruza carreteras) en el momento de cargar y descargar, y que le llegue a las dos partes. La tercera, la menos lucida y probablemente la que más dinero mueve: pasar los albaranes por un sistema automático que comprueba si están firmados y sin incidencias, y los cruza con la orden de carga para ver si la factura del transportista es la que tenía que ser.
El argumento de venta: no esperar a la integración
Aquí está la parte comercial que explica por qué han crecido. Un ERP es el sistema central donde una empresa guarda pedidos, almacén, compras y facturación. Cualquier software nuevo que entre en una fábrica suele exigir conectarse a él antes de hacer nada útil, y esa conexión depende del departamento de informática, de un proveedor externo y de la cola de proyectos del año. De ahí que implantaciones así se cuenten a menudo en meses largos.
Eaship vende lo contrario: arrancar sin esa conexión previa y sincronizarse con el ERP después, cuando toque. El efecto práctico es de calendario, y por tanto de venta: el responsable de logística puede decidir la compra sin abrir un proyecto corporativo, y ver la herramienta funcionando en semanas. Quien haya intentado meter software en una empresa industrial sabe que ese detalle no es técnico, es político.
Quién está detrás
La lleva Ramón Pascual como consejero delegado, con unos ocho años previos en el sector logístico, casi siempre en la parte comercial, acompañado de un socio con perfil técnico. Es un reparto bastante clásico en este tipo de empresas: alguien que conoce al comprador por haberle vendido antes otras cosas, y alguien que construye el producto.
Durante 2025 pasaron de 8 clientes a más de 25 fabricantes industriales en España, entre ellos Noel Alimentaria, Hijolusa y Damel. En abril de 2026 cerraron una ronda de un millón de euros liderada por Swanlaab Venture Factory. «Liderada» quiere decir que ese fondo pone la mayor parte del dinero y negocia las condiciones; los demás inversores entran detrás, con las que ya se han pactado. Y «ronda semilla» es la primera inversión seria de una empresa: se paga con la expectativa de que crezca, no con los beneficios que tenga hoy.
Veinticinco clientes y un millón de euros
Merece la pena pararse aquí, porque el instinto dice que veinticinco clientes son pocos para levantar un millón. Depende de cuánto pague cada uno.
Hagamos la cuenta con un supuesto, dejando claro que es un supuesto y no un dato publicado: si cada fábrica pagara unos 12.000 euros al año, veinticinco clientes son 300.000 euros anuales que se repiten solos mientras no se marchen. Si pagara 25.000, son 625.000. En un negocio de venta a consumidor final harían falta decenas de miles de usuarios para llegar ahí. En este, caben en una hoja.
Eso cambia la forma del negocio entero. Con veinticinco clientes conoces a todos por su nombre, cada baja se nota en la cuenta de resultados y el equipo comercial no es un embudo de anuncios sino tres personas visitando polígonos. El millón no se levanta enseñando usuarios, se levanta enseñando que el crecimiento se ha triplicado en un año y que el cliente que entra no se va. Y el dinero, según han dicho, va a reforzar equipo comercial y producto: exactamente lo que necesita un negocio así.
A quién no le sirve
A quien manda dos palés al mes: para eso el Excel y el teléfono siguen siendo más baratos. A quien ha externalizado todo el transporte en un operador logístico integral, porque entonces el problema es de otro. Y a quien vende paquetería a consumidor final desde una tienda online, que juega otra liga de software y otros volúmenes. Es un producto pensado para una fábrica con muelle, camiones y papeles, no para un almacén de comercio electrónico.
En qué punto está hoy
En el punto delicado: ha demostrado que el producto se vende, pero con una base de clientes lo bastante pequeña como para que el próximo año lo decida casi todo. Si el equipo comercial que van a contratar con el millón repite lo de 2025, la cuenta empieza a sostenerse sola. Si tardan, el dinero se consume igual. Para quien mire estas cosas pensando en montar algo propio, la lección práctica está en el hueco elegido: un trabajo aburrido, que alguien hace a mano todos los lunes, en empresas que pueden pagar por dejar de hacerlo.