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Buscando la Libertad
Dejar de depender de una nómina: montar algo, comprar algo o vivir de lo invertido

Katerra: quemó 2.000 millones para industrializar la construcción y acabó sin dinero para pagar las vacaciones de su gente

· Nadia Bermejo
Imagen editorial del caso Katerra

El 1 de junio de 2021, varios miles de empleados de Katerra se conectaron a una videollamada. Duró poco. Les dijeron que la empresa cerraba con efecto inmediato, que no había caja para las indemnizaciones y que tampoco la había para pagarles los días de vacaciones que ya habían generado y no habían disfrutado. Cinco días después, Katerra presentaba el concurso en un juzgado de Houston con un pasivo estimado entre 1.000 y 10.000 millones de dólares.

Tres años antes, esa misma empresa había cerrado la mayor ronda de financiación que jamás había visto el sector de la construcción.

Qué era Katerra

Katerra nació en 2015 en Menlo Park, en pleno Silicon Valley, con una idea que sobre el papel es difícil de rebatir: construir edificios como se fabrican ordenadores. En vez de un promotor que contrata a un arquitecto, que contrata a una ingeniería, que licita con una constructora, que subcontrata a veinte gremios que compran materiales a treinta proveedores distintos, Katerra quería hacerlo todo ella. Diseñar el edificio, fabricar los paneles, las paredes y los baños en sus propias fábricas, llevarlos en camiones a la parcela y montarlos allí como un mueble grande.

A eso se le llama integración vertical, y es lo que hizo la electrónica de consumo en los años noventa. Katerra la aplicó a bloques de apartamentos, residencias de estudiantes y hoteles. Compró más de veinte empresas para tener todas las piezas del puzle: estudios de arquitectura, constructoras, fábricas. Llegó a tener más de 8.000 empleados en Estados Unidos, India, China, México y Oriente Medio.

Historia

La idea no fue de un ingeniero joven en un garaje. Fue de dos señores con carrera hecha y una conversación entre amigos.

Michael Marks había sido consejero delegado de Flextronics, uno de los mayores fabricantes por contrato del mundo, y CEO interino de Tesla durante unos meses en 2007. Después montó Riverwood Capital, una firma de capital riesgo. Fritz Wolff dirigía The Wolff Company, la promotora inmobiliaria familiar, y llevaba años levantando bloques de apartamentos. Eran amigos. Y Wolff, harto de cómo funcionaba su propio sector, le soltó a Marks la frase que arrancó todo: lo que deberías hacer es crear un Flextronics para la construcción.

En 2015 fundaron Katerra junto a Jim Davidson, cofundador de la firma de inversión Silver Lake. Tres pesos pesados de la tecnología y las finanzas entrando en un sector donde ninguno había construido nunca un edificio.

Al principio funcionó como funcionan estas cosas cuando el relato es bueno. En enero de 2018, el Vision Fund de SoftBank lideró una ronda de 865 millones de dólares que valoró Katerra en algo más de 3.000 millones. Ese año Katerra se fusionó con KEF Infra, una empresa india de prefabricado de hormigón fundada por Faizal Kottikollon con una planta de 42 acres en Krishnagiri levantada con una inversión de 100 millones. También compró Michael Green Architecture, el estudio canadiense de referencia en edificios altos de madera. En enero de 2019, SoftBank volvió a poner dinero: unos 700 millones más, con la valoración en 4.000 millones.

Y entonces empezaron las grietas, casi a la vez que el dinero.

El problema de fondo era que Katerra estaba montando las fábricas antes de tener claro qué iba a fabricar. Brian Potter, que dirigió un equipo de ingeniería dentro de la empresa y luego escribió sobre ello, lo cuenta desde dentro: los productos se diseñaban, pasaban a presupuestos, volvían con un coste demasiado alto y había que rediseñarlos. Una y otra vez. El producto estrella, un bloque de apartamentos de baja altura llamado K3, consumió cientos de empleados, millones de dólares y más de tres años de diseño. Cuando la empresa cerró, el primer prototipo apenas había empezado a construirse.

Mientras tanto, la empresa pivotaba de material en material. Primero madera contralaminada, luego madera ligera, luego acero conformado en frío. Cada giro tiraba a la basura meses de trabajo.

En septiembre de 2019, con las grietas ya visibles, Katerra inauguró en Spokane Valley (Washington) una fábrica de madera contralaminada de 150 millones de dólares —el coste final se cifró en unos 180—, la mayor de Norteamérica: 54 acres, 25.000 metros cuadrados y una de las prensas más grandes del mundo. Empezó con cien trabajadores.

Tres meses después, en diciembre de 2019, cerró la fábrica de Phoenix y despidió a unas 200 personas. Ese mismo año abandonó cerca de media docena de proyectos de apartamentos y hoteles en Estados Unidos. Fritz Wolff, uno de los fundadores, salió del consejo. Ese verano, el equipo de ingeniería estructural se había reducido un 75 %.

En 2020 llegó la pandemia y, con ella, más de 400 despidos en abril. En mayo, Michael Marks dejó la dirección —oficialmente para dedicarse a tiempo completo a Riverwood; parte de la prensa lo contó como una destitución— y entró Paal Kibsgaard, ex consejero delegado de Schlumberger, la gran empresa de servicios petroleros. SoftBank inyectó otros 200 millones.

Ese mismo año la SEC abrió una investigación por la contabilidad de la empresa. Según lo publicado, la división de reformas de apartamentos exageraba en los informes a inversores el grado de avance de las obras, de forma que los ingresos se adelantaban por millones de dólares.

Y luego está la parte que se lee dos veces para creérsela. En diciembre de 2020, Katerra se recapitalizó. Greensill Capital, su principal financiador, perdonó 435 millones de deuda a cambio de un 5 % del capital. Ese 5 % se lo traspasó después a SoftBank, que a cambio metió 440 millones en la propia Greensill. SoftBank puso además 200 millones nuevos en Katerra y se quedó con la mayoría. Greensill también estaba participada por el Vision Fund. Es decir: una empresa de SoftBank rescatando a otra empresa de SoftBank con dinero de SoftBank. La valoración de Katerra se recortó cerca de un 90 %.

En marzo de 2021, Greensill quebró. Sin su financiador, Katerra ya no tenía de dónde tirar. Kibsgaard salió en mayo. El 1 de junio se convocó aquella videollamada.

El rastro judicial siguió años. Credit Suisse, que había empaquetado los pagarés de Greensill —incluidos los 435 millones de Katerra— en fondos que vendía a sus clientes, demandó a SoftBank por 440 millones alegando que la operación se había orquestado para quedarse con Katerra libre de deuda. Perdió el juicio ante el Alto Tribunal inglés en octubre de 2025.

Por qué murió

Cifras de Katerra

Los números

Lo que sí es público:

Lo que no se hizo público, y que por tanto no está aquí: Katerra era una empresa privada y nunca publicó cuentas auditadas completas. No hay cifras públicas de EBITDA, ni de coste de adquisición de cliente, ni de valor de vida del cliente, ni de retorno de la inversión por proyecto o por fábrica, ni de gasto en marketing, ni el desglose de ingresos de 2018 y 2019, ni el precio pagado por la mayoría de las más de veinte empresas que compró. Cualquier número que circule sobre esas partidas es una estimación de terceros.

La lección

Marks venía de un sector donde el volumen lo arregla casi todo: si fabricas diez millones de móviles iguales, cada céntimo que ahorras en una pieza se multiplica por diez millones. La construcción no funciona así. Cada parcela tiene su geometría, su terreno, su normativa municipal, sus vecinos y su inspector. Katerra necesitaba estandarizar para que su modelo tuviera sentido económico, y el mercado le pedía justo lo contrario.

Ese desajuste se podría haber descubierto barato: con dos edificios, una fábrica pequeña y dos años. Lo que hizo el dinero de SoftBank fue permitir descubrirlo caro, después de construir las plantas, comprar las empresas y contratar a ocho mil personas. Financiación abundante retrasa el momento de la verdad, no lo cancela.

Y hay un detalle del final que dice bastante sobre el orden de prioridades: la empresa que había gastado 180 millones en una fábrica de madera se quedó sin caja para pagar las vacaciones devengadas de su gente.

El epílogo tiene su gracia. Michael Marks y buena parte de la cúpula original montaron en 2021 ONX Homes, otra constructora industrializada, esta vez centrada en vivienda unifamiliar en Florida: unos 200 millones levantados y más de 500 casas entregadas. Paal Kibsgaard y su equipo montaron la suya, Symfoni. La fábrica de Spokane sigue funcionando, ahora con dueño maderero.

Esto no es asesoramiento financiero ni una recomendación de inversión.

Fuentes

(Todas nofollow.)