La inutilidad del sufrimiento

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Dalamar
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La inutilidad del sufrimiento

Mensajepor Dalamar » 22 Feb 2013 17:19

La felicidad depende en gran medida de nosotros mismos, no de nuestras circunstancias.

Lo crucial no es lo que “nos pasa”, sino lo que pensamos en cada momento. El pensamiento es previo a la emoción, y ese pensamiento es el que nos hace sentirnos bien o mal.

Sufrir inútilmente es uno de los peores ejercicios que podemos hacer con nosotros mismos. No se trata de que “nos permitamos todo”, sino de que cultivemos hábitos saludables. Y no tiene nada de saludable que, al cabo de los años, nos estemos machacando con algo que, por muchas vueltas que le demos, no podemos conseguir que no hubiera ocurrido.

Todos somos conscientes de la cantidad de tiempo que tiramos sin vivirlo, dejándolo pasar, como si el tiempo fuera infinito, como si nos perteneciera la eternidad. Recuperar el presente significa en muchos casos empezar a vivir; en otros, para recuperarlo de verdad, tendremos que liberarnos de una especie de secuestro o secuestrador que, sin darnos cuenta, nos está robando nuestra vida.

Cuando perdemos la confianza en nosotros mismos, toda nuestra vida se desmorona. En esos momentos resulta extraordinariamente difícil reaccionar, pero es ahí cuando tenemos que luchar y no dejarnos llevar por la apatía, el desencanto, la tristeza, la falta de esperanza, de ilusión…, la ausencia de horizontes.

La mejor conquista del futuro es el día a día vivido con alegría, con buen ánimo, con esperanza, con proyectos; pero también con realidades presentes, con ilusión, con una meta constante en nuestra vida: ¡ser todo lo felices que nuestra limitación humana nos permita en cada momento!

Definir nuestras ilusiones puede resultar desconocido o inexplorado en muchas etapas de nuestra vida. Con frecuencia nos confunden nuestras supuestas “obligaciones y responsabilidades” de tal forma que nuestra vida parece limitarse a ellas. Debemos encontrar un equilibrio entre lo que debemos hacer, lo que queremos conseguir y lo que nos gustaría realizar.

Las ilusiones, en todos los momentos de nuestras vidas, deben constituir el eje que dé sentido a nuestra existencia y actuaciones.

¡El ser humano no puede vivir sin ilusiones¡ Porque entonces su existencia sólo es un cúmulo de obligaciones sin sentido, de esfuerzos malgastados, de falsas responsabilidades, de insatisfacciones permanentes…. de trampas constantes.

Cuando pensamos que no tenemos solución, en realidad le estamos diciendo a nuestro cerebro que, haga lo que haga, ¡está todo perdido! El cerebro se lo termina creyendo y actúa de hecho como si de verdad ya no se pudiera hacer nada. Nuestra “mala” predisposición determina, con frecuencia, una realidad negativa y un estado de ansiedad y desesperanza.

La psicología nos demuestra que todo lo que se aprende se puede desaprender; igual que nos hemos entrenado a pasarlo mal, podemos entrenarnos en ser más realistas y enfocar la vida de forma objetiva, cortando nuestros pensamientos irracionales que nos dañan.

Una de las ideas erróneas que más “arraigo” ha alcanzado, y que más equivocaciones suscita, es pensar que “los demás” son los responsables de nuestra infelicidad. ¡Es fácil echar la culpa a los demás!

El sufrimiento inútil provoca un desgaste exagerado a nivel físico, una irritabilidad creciente a nivel psíquico y un desplome enorme de nuestro control emocional.

Conseguir no sufrir inútilmente es uno de los aprendizajes más importantes en la vida del ser humano; no conseguirlo es no saber vivir.

Ante los sucesos inevitables durante nuestra existencia (muerte-padres y familiares que tenemos y que no podemos elegir-jefes en el trabajo-ex maridos/ex mujeres-compañeros-guerras-violaciones-abusos, etc). La inmoralidad es quedarnos en el lamento, en la queja y en el sufrimiento inútil; reservemos toda nuestra energía en luchar, de forma realista, en el ámbito de actuación que tenemos, y aprovechemos todas las circunstancias posibles para que nuestra “lucha particular” tenga la máxima repercusión en el mayor número de personas.

¡Con qué facilidad gastamos gran parte de nuestras energías e ilusiones persiguiendo objetivos absurdos, cuando no imposibles! Hacemos un problema de cualquier cosa, sentimos conflictos que sólo existen en nuestra mente, sufrimos tragedias inexistentes, anhelamos metas absurdas y… al final, lo peor de todo es que nos sentimos mal.

La inteligencia emocional es aquella que de verdad te facilita tu paso por la vida y hace que tu convivencia con los demás, y contigo mismo, sea más agradable.

Pensar que la solución está en manos de los demás es negar nuestra libertad, a la par que abdicamos del control de nuestra vida. Poco dominio tendremos sobre nosotros mismos si creemos que nuestra felicidad depende de lo que hagan otros.

Es más fácil dejarse contagiar por el pesimismo reinante ¡que ir a contracorriente! Y esforzarse en encontrar caminos que ayuden a superar las crisis; pero no dudemos de que lo mejor que podemos hacer con alguien que en ese momento “no e ninguna salida” es, primero, lograr que se sienta escuchado; segundo, que se sienta comprendido y, tercero, que perciba que ¡hay alternativas que no había visto con anterioridad!.

La tristeza, como la alegría, se contagia con facilidad. Pero mientras la alegría es “salud” para las personas, la tristeza, cuando se mantiene en el tiempo, es “un debilitador nato” que “mina” nuestras fuerzas y nos provoca vulnerabilidad e inseguridad. El paso que hay desde esa tristeza prolongada a un pesimismo generalizado e irracional es muy corto.

El síndrome del domingo por la tarde

No podemos vivir de lunes a viernes pensando que todo lo que podemos esperar de esos días es que ¡pasen pronto! En esos casos, estos días los “condenamos previamente” y los asumimos con un sentimiento fatalista, como días de esfuerzo y trabajo, que necesariamente parecen constituir un precio de obligado cumplimiento para que podamos disfrutar de los dos días del fin de semana. Sencillamente, ese principio es una aberración que nos condena a “vivir sin vivir” la mayor parte de los días de nuestra vida. Es como si estuviéramos “penando” gran parte de nuestra existencia.

En la vida lo importante será tratar de encajar nuestras preferencias con nuestras auténticas posibilidades; es decir, nuestra elección deberá basarse en nuestro potencial y no sólo en nuestro deseo. “La voluntad por sí misma, no es sinónimo de triunfo; la voluntad, para ser valiosa, deberá estar subordinada a la inteligencia”.

La inteligencia es la capacidad de dirigir el comportamiento.

Cuando el ser humano se encuentra ante una situación percibida como “problemática”, se producen en él una serie de reacciones fisiológicas (aumento de la frecuencia cardíaca, incremento de la tensión muscular, aumento de la ventilación pulmonar, sensación de ahogo o dificultad para respirar, dolor de cabeza, molestias en el abdomen, sensación de mareo, sudoración…), que tratan de potenciar nuestro estado de activación corporal para enfrentarnos al evento “potencialmente amenazante” con las máximas garantías de éxito.

A dicho estado de activación se le conoce con el nombre de ansiedad.

Existe una ansiedad positiva o facilitadora de rendimiento, y de ansiedad negativa o inhibidora y perturbadora de dicho rendimiento.

A una situación de ansiedad constante, particularmente cuando afecta a contextos laborales, es a lo que se ha denominado estrés.

La insatisfacción profesional, el aumento de la presión en el medio laboral, la impotencia para conciliar las “obligaciones de la vida diaria”, para “llegar a todos los sitios”, “para apagar todos los fuegos”, para atender al trabajo, a la pareja, a los hijos, a los padres…, termina por minar la salud y el equilibrio emocional de muchas personas.

El autocontrol es la capacidad que podemos adquirir y desarrollar las personas para mantener bajo control nuestras emociones y comportamientos.

Sobre esta estructura de nuestro cerebro primitivo animal, está nuestro cerebro humano, la corteza cerebral, a la que atribuimos todos los logros de la humanidad.

Las tres emociones negativas básicas, miedo-ansiedad, ira y depresión, son innatas e involuntarias, y están genéticamente determinadas para asegurar la supervivencia de la especie.

Cuando reforzamos una conducta ésta tiende a repetirse

El mejor refuerzo es el refuerzo social (el reconocimiento nuestro o de las personas que nos rodean).

Ser asertivos significa ser autoafirmativos; es decir, ser capaces de expresar lo que queremos, sin herir a los demás. La persona auténticamente asertiva es la que sabe escuchar, la que sabe transmitir lo que piensa, lo que desea; la que sabe respetar los sentimientos y las opiniones de la otra persona y la que sabe crear un ambiente de cordialidad y confianza.

La felicidad no es algo que sucede, ni parece depender de los acontecimientos externos, sino más bien de cómo los interpretamos. Cómo nos sentimos, la alegría de vivir, dependen en último término y directamente de cómo filtra e interpreta las experiencias cotidianas.

Somos lo que pensamos
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